Relato Anaïs. Encarni Prados

Anaïs


Ella salió a correr un rato, como lo hacía todos los días desde que recordaba. Una rutina que necesitaba antes de ponerse a escribir en casa. Anaïs era una escritora famosa que vivía en el anonimato de Madrid. Una escritora que jamás puso su foto en las contraportadas de los libros, una escritora del siglo XXI que se escondía bajo un pseudónimo. Anaïs era su nombre artístico, el suyo era muy común, María Gómez Sánchez.
Escritora de grandes thrillers, sus novelas habían dado la vuelta al mundo, traducidas a más de veinte idiomas y con numerosos premios en su haber. Nunca recogía los premios, para eso estaba su representante, a la que sí paraban por la calle para pedirle detalles de Anaïs.
María salió a las siete con su conjunto de runner, su riñonera donde guardaba lo imprescindible: llaves de casa, pañuelos de papel, sus auriculares y su móvil con Bach de fondo y, desde hacía menos de un año, un pequeño bote de gel hidroalcohólico.

Salió de la casa que tenía en un buen barrio madrileño cerrando la cancela tras de sí, comenzó su rutina calentando y cuando se vio preparada, empezó a correr por su calle hasta llegar al pequeño bosque que había tras su casa.
A María le encantaba ese rato en el que no pensaba en nada, no veía a nadie ni tenía contacto con nadie, ella salía a correr temprano, para no cruzarse con los vecinos que compartían su afición o con los que salían a pasear al perro. En esos momentos es cuando muchas veces la inspiraban las musas, no sabía si por la soledad del sitio, por la tranquilidad que transmitía la naturaleza o por la música de Bach, pero ese era su secreto, se dejaba llevar y, a veces, tenía que interrumpir su carrera y volver a casa para escribir lo que se le había ocurrido antes de que se le fueran las ideas.
María tenía treinta y dos años, una melena rubia preciosa que llevaba recogida en una coleta cuando salía a correr y un bonito cuerpo debido a unos buenos genes heredados de sus padres y al ejercicio que hacía a diario.
Julián era un solitario que vivía lejos de María pero que venía al bosque a acallar sus voces interiores y a intentar desahogarse matando a algún animalillo. Julián iba al mismo bosque que María, pero le gustaba dormir y su visita ocurría a las doce de la mañana. Pero una noche Julián estuvo dando vueltas en la cama sin poder dormir, las voces eran cada vez más altas y las pastillas no las acallaban. Miró el móvil, eran las seis y media de la mañana. Ya había amanecido así que permanecer encerrado en su minúsculo apartamento sería mucho peor. Cogió el coche y se fue al bosque donde solía ir a desfogarse.
María ya empezaba a correr por allí cuando Julián llegó. Se quedó obnubilado durante unos segundos, después las voces gritaron al unísono ¡mátala! ¡mátala!
Ella estaba ajena a que nadie la persiguiera y no aceleró porque su música le impidió saber que alguien se le acercaba.
Ni en su mejor novela María habría descrito lo que Julián le hizo después de alcanzarla.
María no escribió más novelas, Julián se ensañó con ella y después de violarla la golpeó con una piedra hasta destrozarle la cabeza, le hizo más barbaridades pero, por respeto a la víctima solo se incluyeron en el informe policial.
María dejó de ser Anaïs para transformarse en María Gómez Sánchez, desgraciadamente dejó de ser anónima.
A Julián lo internaron, le pusieron una medicación adecuada a su trastorno y dejó de oír voces.
Desgraciadamente el daño ya estaba hecho y María no volvería a correr más detrás de su casa ni a escribir magníficos thrillers.

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