Día de suerte (ii)

Pueden leer aquí la parte i

Cuando se encontraba casi por culminar la tarea, un chirrido monstruoso le heló la sangre. Eran las piernas del Mass Killer 560 que comenzaban a moverse.

Para empeorar las cosas, la bestia de metal se estaba acercando. Ahora comenzaba a alumbrar en su dirección.

Ya no había escapatoria. Colocó la última pieza en su lugar y la esfera se abrió. No hubo tiempo de presionar el último botón.

Dos segundos antes, la luz se detuvo sobre él y, justo cuando estaba por abrir el portal, el puño de la bestia de metal penetró en el apartamento.

Devan atinó a saltar hacia su izquierda. Trozos de escombro le cayeron encima y el escritorio estalló en mil pedazos. 

Devan estaba vivo. Por mero azar, el librero que se encontraba en el apartamento cayó justo delante de él, proporcionando la mejor cobertura que podría haber deseado.

Notó cómo la luz faro de la máquina pasaba por encima de su cabeza y se concentró en mantener la calma y bajar los latidos de su corazón. 

El compresor de luz infrarroja le otorgaba cobertura adicional, pero nunca se podía estar demasiado seguro ante una bestia como esa.

La espera se hizo eterna. La ansiedad que ahora lo invadía amenazaba con quitarle cualquier posibilidad de supervivencia. Estuvo a punto de levantarse y correr hacia la esfera, donde sea que estuviese.

Justo en ese momento la luz pareció alejarse. Con la cautela de un león, emprendió arrastrándose el sinuoso camino hacia el centro de la habitación. 

Esto no fue tarea fácil, pues, sumado a la destrucción de su escritorio, la pared que ahora se encontraba a su derecha había colapsado parcialmente, dejando un rastro de escombros y madera partida por doquier.

Agudizó sus sentidos, mirando hacia delante y hacia su izquierda repetidas veces, solo para ver como el gigante de lata le daba la espalda y se alejaba, moviendo sus espantosas treinta toneladas de acero. 

Siguió arrastrándose como un felino hasta que finalmente la vio; milagrosamente, la esfera estaba intacta justo en frente de sus ojos.

En un impulso desesperado y angustiante, se incorporó de un salto y corrió hacia la esfera, que se encontraba a menos de seis metros de él.

De manera casi instantánea notó por el rabillo del ojo izquierdo como el Mass Killer 560 giraba sobre sí mismo.

Al mismo tiempo que tomó la esfera en su mano, sintió el calor de un reflector inmenso en su rostro. Quedó cegado por unos instantes. 

Acto seguido, dio comienzo el chirrido que anunciaba la carga del cañón de plasma de la bestia infernal. 

Volteando el rostro hacia el reflector, como aceptando su destino, corrió hacia la pared sin ventanas y saltó hacia delante, justo para ver como el cañón hacía su disparo.

Presionó el último botón antes de saltar. El fuego lo engullía. Así fue como murió.

¿Murió? No. Abrió los ojos.

Cuando por fin pudo ver dónde se encontraba, reconoció una ciudad que había visitado muchas veces durante su vida: se encontraba en Londres.

Se puso de pie y miró a su alrededor. Era de día y la ciudad estaba desierta. No era la Londres que recordaba.

Sin poder salir aún de su incredulidad, una camioneta con evidentes efectivos militares vino a su encuentro y se estacionó justo en frente de él.

Tras esto, uno de ellos abrió la puerta de la camioneta y le apuntó con un rifle. El otro descendió de la camioneta con su Mauser. 

Eran nazis. Comenzaron a hablarle en alemán, pero él se negó a responderles en su idioma. En cambio, dijo algunas palabras en inglés.

—Tírese al piso y entregue su arma. Queda usted arrestado— dijo el oficial, en perfecto inglés.

Hizo lo que le pidieron. Acto seguido, dos hombres lo rodearon y lo levantaron en andas de los brazos.

—¿Dónde estoy? ¿Qué año es? —quiso saber Devan. 

—¿Qué clase de preguntas son esas? —respondió el oficial—. Estamos en Londres y es el año 1986. Le recomiendo que no finja que desconoce lo que estaba haciendo, pues todo será más difícil para usted. 

Tras decir esto, hizo una seña a sus subalternos. 

“Este es mi día de suerte”, pensó Devan para sí y la culata de un rifle impactó en su nariz.

Una respuesta a “Día de suerte (ii)”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *