Día de suerte (Parte i)

El hombre miraba atentamente cómo la luz de un Mass Killer 560, motor Veritas se filtraba por las ventanas de la acera de enfrente. Por supuesto, recordó activar el compresor de luz infrarroja y bajó la cortina de polimerización. Este artilugio se asemejaba a una ventana cerrada del lado exterior, mientras que le permitía seguir viendo hacia afuera sin ser detectado.

Agradeció para sus adentros haber conocido al Dr. Constanzia. A pesar de los escasos momentos que habían compartido juntos como luchadores de la Desesperanza —la organización revolucionaria de la que ya era un veterano—, Devan no podía dejar de reconocerle que sus conocimientos de ciencia aplicada a la guerra habían resultado invaluables.

En aquel momento, sin embargo, Devan no tenía tiempo que perder. Sabía que el Mass Killer 560 había sido enviado a la ciudad para aplastar a las últimas células de la resistencia, ubicadas en el centro de Nueva York. 

De acuerdo con las últimas noticias que recibió en código eklesiano por sus compañeros de la Desesperanza, aún quedaban unos 50 hombres y mujeres en pie, con escasas municiones y menos de 20 granadas kovohl —el arma predilecta de sus compatriotas, capaz de destruir una hojalata robótica tamaño humana con su explosión de plasma.

La situación era realmente desesperante, lo cual lo impulsaba aún más para encontrar una salida al embrollo en el que se había metido. Si hay algo que ser un miembro activo de la Desesperanza le había enseñado, es que el ser humano se forja en el hierro que le quema las sienes. 

De manera que, sin dilación, se dirigió a su escritorio y tomó en sus manos la esfera de reubikación que el mismísimo Dr. Constanzia había creado. Que la palabra se escribiera con k tenía el sentido de indicar que su significado era distinto al que se le otorgaba en el habla corriente. Además, como había dicho el doctor entre botella y botella en más de una ocasión, le daba un toque ruso.  

Esta maravillosa esfera tenía la capacidad de transportar en el espacio y tiempo a cualquier persona, sin importar donde estuviese, y reubikarla en un tiempo anterior al de su consciencia, preservando su psiquis intacta. 

Había sido creada con el propósito de alertar a la humanidad sobre los peligros de la utilización indiscriminada de la tecnología como medio de destrucción masivo.

Los viajeros temporales, de acuerdo con el plan del doctor, serían enviados al pasado para detener guerras, liderar tratados de paz y encabezar descubrimientos científicos mucho antes de que estos tuvieran lugar. Serían emisarios de la paz y la armonía con la misión de evitar el inicio de la Era de la Oscuridad: la cuarta y última Guerra Mundial; la guerra que terminaría por destruirnos a todos.

Devan lo recordaba muy bien. El 21 de diciembre de 2078, tras una guerra total que se extendió por cinco largos años, la humanidad fue finalmente sometida al dominio de la computadora Madre. Lo que inició como un proyecto del gobierno de los Estados Unidos para conectar a todas las computadoras del mundo y, de esa manera, tener el control total sobre sus habitantes —anulando la arcaica “privacidad digital”—, culminó en la insurrección de la computadora Madre y su posterior planificación de la esclavitud de la especie humana. 

Ya no había motivo alguno para continuar la lucha en esa línea temporal. La guerra estaba perdida y los pocos luchadores de Desesperanza que aún seguían con vida lo sabían. 

Por ese motivo, viajaría a la ciudad de Londres en enero de 1986, cinco años antes de la Guerra del Golfo. Devan sabía con certeza que esa guerra había sido el catalizador para la Tercera Guerra Mundial, la cual llevó a la casi destrucción del planeta y a la desaparición de Medio Oriente del escenario mundial.

Una vez en Londres, buscaría la manera más adecuada de frenar la Guerra del Golfo. Era un plan desesperado, pero también era lo menos que podía hacer para honrar a todos aquellos camaradas que habían sacrificado su vida para salvar la suya; para honrar a los millones de vidas que se habían perdido en guerras ridículas desde entonces. 

Abrió el cajón de la esquina izquierda del escritorio y tomó un diario escondido debajo de unos papeles. Era el diario del doctor.

Este último se lo legó momentos antes de su muerte, luego de recibir un impacto de escopeta en el estómago.

Agonizante, le confesó que en el diario se encontraba la clave para abrir las esferas de reubikación y le encargó viajar al pasado y arreglar el desastre en el que se encontraban. 

Devan recordaba que aún quedaba una esfera de reubikación en el cuartel general, de manera que decidió robarla cuando nadie estuviera mirando.

Tras reflexionar sobre el hecho unos días más tarde, llegó a la conclusión de que cualquiera de sus compañeros hubiera hecho lo mismo. Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas.

Devan abrió el diario y comenzó a leer. Rápidamente, encontró lo que buscaba y comenzó a programar la esfera de reubikación. Su programación era analógica, pues de ser de otra manera la computadora Madre hubiera tenido acceso a éstas.

Pueden leer aquí la parte ii

Una respuesta a “Día de suerte (Parte i)”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *