el aviso. relato

EL AVISO.

Le dieron el aviso cinco minutos antes de acabar su turno, tenía que ir a Sunset Boulevard 22, se había producido un 10-54, posible cadáver encontrado por un vecino.
Con las ganas que tenía de irse esa noche, era su cumpleaños, los cuarenta ya le pesaban no por la edad sino por esa profesión tan desagradecida que llevaba. Ser inspector de policía en Hollywood no era como actuar en una película precisamente, había muchos casos de drogas, prostitución y asesinatos y no todos acababan resueltos.
John no quería irse a casa a celebrarlo con nadie, su vida y sus horarios habían hecho que ninguna mujer quisiera compartir su soledad. Sólo ansiaba pasar por el pub que había a dos manzanas de su apartamento y tomarse unos Four Roses con hielo para celebrar la llegada de la nueva década, triste manera de festejarlo, pero tampoco tenía amigos con quien compartirlo. La “fiesta” tendría que esperar, el trabajo lo llamaba y no podía abandonarlo.
Cuando llegó se encontró con la patrulla que había dado el aviso, uno de los policías estaba en el coche con las luces encendidas y hablando por la radio, no lo distinguió muy bien porque la calle no estaba muy iluminada. Su compañero era un afroamericano de complexión fuerte y metro ochenta de estatura, estaba custodiando la entrada:
– Buenas noches inspector Meyers —saludó el agente Smith — creía que este “paquete” no le tocaría también — le dijo señalando la casa y haciendo una mueca de desagrado.
– Estaba trabajando aun cuando habéis llamado así que, por cinco minutos, el caso es mío —le dijo John mientras se ponía patucos y guantes para no contaminar la escena del crimen.
Cuando entró le impresionó lo que allí encontró, y eso que ya había visto de todo y no se impresionaba fácilmente.
Había un hombre calvo y desprovisto de cualquier vello corporal atado a una cama, tanto por los pies como por las manos, con el cuerpo en cruz, enseguida y sin saber por qué al inspector Meyers le vino a la mente el hombre de vitruvio aunque desprovisto de su rizada melena.
Eso no fue lo que realmente le impresionó, le habían conectado tubos a las arterias principales de brazos y piernas y lo habían dejado seco. En el suelo quedaban manchas de sangre, pequeños charcos con cercos de haber quitado botellas donde se iba vertiendo la sangre conforme salía del cuerpo de aquel desgraciado. Tuvo que acercarse y comprobar que aquello no era una broma pues parecía un maniquí de los que hay en los escaparates esperando su nueva ropa de temporada; efectivamente era un hombre desangrado y tan blanco como la pared que había detrás de la cama en la que se encontraba.

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