cementerio

El picnic.

John la estaba esperando en el coche, pitó un par de veces y Sally salió a la puerta con la cesta de picnic preparada.
– ¡Hola cariño!- le dijo Sally dándole un beso en la boca en cuanto se montó en el coche ¿traes la nevera con las cervezas y el vino?
– Hola muñeca!— contestó John mirándola de arriba abajo y pensando en la fiesta que le esperaba— ¡claro! Tal y como quedamos tu traías la comida y yo la bebida.
Se sonrieron y, sin más, John arrancó el coche y se puso en marcha al destino que tenían preparado.
– No sé yo si ir al cementerio a hacer un picnic es lo más romántico del mundo — dijo Sally en voz baja.
– ¿No te estarás rajando ahora no?— preguntó John mirando a la carretera.
– No lo sé, me está dando un poco de miedo— confesó Sally— al principio me parecía una idea graciosa pero conforme se acerca el momento se me van quitando las ganas y con ese asesino que anda suelto peor me lo pones.
– No va a pasar nada cariño, es más— le dijo el chico para intentar que no se echara atrás— si llegamos y vemos que está demasiado oscuro y te sigue dando miedo nos quedamos en el coche, bajamos la capota y hacemos dentro el picnic ¿qué te parece?
Sally sonrió, esa idea le gustaba más y se veía más segura.
– Trato hecho— le dijo Sally dándole un beso en la mejilla. Después puso música en el radio-casete del coche y se dejaron llevar por la voz de Bruno Mars mientras llegaban a su destino.
Cuando llegaron al cementerio comprobaron que no había más coches pero había una luna llena enorme que alumbraba lo bastante como para que Sally se atreviera a entrar allí.
Ella suspiró y dijo

  • ¡vale!, con tanta iluminación no me da miedo, ¡vamos dentro!


Saltaron la tapia por la parte menos alta cada uno cargando con la comida, buscaron un buen claro entre tristes angelotes y dispusieron el mantel. Mientras John sacaba un par de cervezas Sally se dispuso a sacar la comida que había preparado: sándwich de manteca de cacahuete, una ensalada de pasta con una pinta estupenda, un par de perritos que mantenía calientes en un termo y una carrot cake que estaba de muerte.
Entre besos, risas y arrumacos empezaron a comer sin mayor preocupación que la de no derramarse encima la cerveza mientras se besaban.
De repente oyeron un ruido y se quedaron quietos, Sally se acordó de que estaban en el cementerio y del asesino suelto y un escalofrío la recorrió de arriba abajo.
John le hizo una señal poniéndole el dedo delante de la boca para que no hiciera ruido y, en ese momento, volvieron a oír otro ruido, esta vez más cerca y mayor, como de pasos acercándose pisando la tierra de las tumbas.
Fue lo último que sus oídos oyeron en sus vidas, en ese momento un lobo negro gigantesco, se les echó encima y les atacó, primero a John, directo a la yugular, ni siquiera lo vio venir. Sally se quedó paralizada por el miedo y no supo reaccionar a tiempo, ni siquiera le salió el grito de terror que se quedó alojado en su garganta.
Los testigos silenciosos que presenciaron la carnicería nunca pudieron contarlo, siguieron inmutables por los siglos.

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