porcelana

MALDITO CALOR.

Ya no lo soportaba, el vestido formado por múltiples capas y el molesto miriñaque tampoco ayudaban a aguantar ese maldito calor.
No entendía como el resto de damas no daban signos de sufrirlo. Se notaba el blanco maquillaje chorrearle por las sienes; la incómoda cofia solamente servía para tener un foco de calor en la cabeza.
Si su esposo no volvía pronto del salón donde se había reunido con el resto de los hombres que habían acudido a la reunión, iría ella misma a buscarlo aunque no estuviera bien visto.
¿Le habría sentado mal algo en la cena y por ello sufría esos atroces calores?
¡Que tonta! -pensó, ¡el abanico que nos han regalado a las damas antes de la cena!
¿Dónde lo había dejado? este calor me aturde tanto que no sé ni lo que hago- pensó intentando recordar.
¡Claro, en el tocador!

Allí estaba su presente, no era nada del otro mundo, blanco, de encaje, con un filo dorado. Pesaba más que los abanicos que ella tenía en casa pero no le dio importancia.
¡Es lo último en Paris! -les dijo el conde cuando los repartieron los criados.
Marie se abanicó con fuerza, como si aquel objeto fuera a darle una ráfaga de aire fresco que le apartaría los calores de golpe. Pero lo que Marie recibió fue un profundo tajo en el cuello que le hizo sentir un escalofrío, un líquido caliente le bajó desde la tráquea en forma de cascada por todo el pecho.
Marie dejó de sentir calor por siempre jamás.

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