Nace un mago (ii)

Puede ver la primera parte del relato aquí

Nadie más les interrumpió, de manera que Amir se reunió con su hijo a los pies del bote. Era ésta una embarcación muy sencilla, con dos tablones de madera por asiento, uno en la proa y otro en la popa, y la suficiente distancia entre ambos para albergar una red eventualmente llena de peces en su centro. 

Se aseguraron de que nada les faltase y, tras algo de trabajo y no poca cantidad de miradas de soslayo, se hicieron a la mar.

Una vez arriba, el padre comenzó a remar mar adentro. A unos diez kilómetros de la costa, puso el remo dentro del bote y lanzó la red.

—¿No te sientes algo más tranquilo, ahora, hijo mío?

—Sí… Sí, papá —hizo una pausa y luego preguntó—: ¿Qué quería el viejo Salik?

—No hay nada de que preocuparse. Enfoquémonos en lo que tenemos entre manos —concluyó, pero el niño tenía una mirada triste.  

—Vamos, Mer… —dijo el padre, y terminó de atar el nudo de la soga que sostenía la red—. Anímate. Todo saldrá bien. Ya lo verás. Mira que bello dí… —comenzó a decir, dándose la vuelta, pero una gigantesca nube negra cubría ahora todo el horizonte—. Diablos, debemos regresar —dijo entonces—. Ayúdame hijo, dame una mano con la soga.

Mer y su padre comenzaron a tirar hacia arriba, pero algo se interpuso y la soga no se movía. Una fuerza demasiado grande impedía que pudieran subirla al bote.

No tardaron mucho en perder la calma. Mientras trabajaban en vano por recoger la red, lo que antes fue una nube negra se transformó en tormenta. Una tormenta con rayos que centelleaban y la furia de un viento que arreciaba con cada nueva respiración.

Armin agarró un cuhillo del piso del bote y cortó rápidamente la soga.

—¡Papá, no! —gritó Mer. 

—Déjala ir, hijo. Vamos, agarra el otro remo y haz lo que te diga. Debemos remar con fuerza. Vamos hijo. Rema por tu izquierda con fuerza, debemos darle la vuelta. 

El bote giró y ahora la proa apuntaba hacia la costa.

—¡Rema, Mer! ¡Rema! ¡Con todas tus fuerzas!

Se encontraban a medio camino cuando el poder de la tormenta los atrapó. Las olas, que eran cada vez más grandes, les hicieron perder el control. Ya no tenía mayor sentido seguir remando.

—¡Deja el remo, hijo! Ahora estamos a merced de Dios.

Mer comenzó a llorar. El bote se sacudía como una canica en una alforja. En la costa varias personas se congregaron y comenzaron a agitar sus brazos y a gritar.

Finalmente llegó: una ola del tamaño de un monte.

—Hijo, extiéndete boca arriba en el piso.

—¿Por qué?

—Hazme caso y, por lo que más quieras, no te levantes.

—Papá, ¿qué hago ahora? —pero su padre no contestó. Ya había saltado, con la esperanza puesta en su hijo.

Mer llevó la cabeza hacia atrás pero no encontró más que agua salpicada, madera y vacío en su corazón. 

—¡Papá! —dijo en un único llanto, que lo acompañó cuando el bote fue ascendido hacia la cresta y todo el trayecto cuando éste cayó.

El bote se perdió bajo el agua y quienes miraban la escena en la costa contuvieron la respiración.

Durante largo tiempo no vieron nada más, hasta que llegaron los primeros pedazos de madera arrastrados por las olas. Luego, algunos más.

Un tiempo más tarde, las nubes de tormenta comenzaron a disiparse, los truenos se extinguieron y el viento parecía ya no tener intención de castigarlos más.

Fue en ese preciso momento que un cuerpo inmóvil, arrastrado por las olas, encalló en la arena de la costa.

Era Mer, que había sobrevivido a la poderosa tormenta.

Muchos se congregaron a su alrededor, pero ninguno hizo el ademán de querer socorrerlo. Los habitantes de la aldea lo observaban con una mezcla de expectativa, rabia y miedo ancestral.

Entonces, lo que parecía imposible ocurrió: el niño escupió el agua que sus pulmones habían alojado, abrió los ojos y, con mucho esfuerzo, comenzó a respirar.

—¡Se los dije! —vociferó un anciano. Era Salik—. ¡Es el diablo! ¡No hay duda alguna!

—¡Monstruo! ¡Demonio! —repetían todos en un trance que no tenía miras de acabar. 

Muerto de miedo como estaba, Mer se incorporó y la turba por un instante se calló, paralizados por lo que este niño endemoniado pudiera hacerles. 

Tan solo una respiración más tarde, una mujer habló: 

—¡Al diablo con él! 

—Debemos deshacernos del monstruo antes de que sea demasiado tarde —agregó, temeroso, otro hombre. 

—¡Agárrenlo! —dijo con odio el hombre gordo que había recibido una tunda a manos de su padre. Fue suficiente para que fueran tras él, que ya había comenzado a escapar, y lo agarraran de todas sus extremidades. 

Una turba lo elevó, asiéndolo con fuerza, y entonces un hombre gritó: 

—¡Al poste del sacrificio! 

—¡Sí! —gritaron todos a la vez, deseosos de acabar con el mal que aquejaba a la aldea de una vez por todas. 

Ya había caído la noche cuando lo ataron en el poste. Las nubes de tormenta estaban regresando y el Consejo dictaminó que los preparativos se aceleraran. 

Hacía siglos que no se veía un sacrificio humano por estos lugares. Los habitantes de la isla de Man habían sido cristianizados eones atrás, y tenían verdadero temor de Dios, pero las viejas costumbres eran difíciles de olvidar. De vez en cuando, ofrecían una cabra para tener buena pesca o cosecha, detener las enfermedades o las tormentas y apaciguar todo tipo de calamidades. 

Esta noche sería diferente, pues Dios había hablado y el niño que yacía maniatado ante ellos había demostrado ser heredero de Satanás. 

Los truenos retumbaron por toda la región y la lluvia a la aldea azotó. Un anciano había colocado un antiguo medallón de plata del tamaño de un puño sobre el cuello del niño, con la esperanza de que un rayo lo matase si la daga del sacrificio, por algún motivo, no lograba su cometido.

—Oh, antiguos dioses —dijo, solemne, Salik—, reciban este sacrificio de una criatura ruinosa y vil para apaciguar esta tierra de hombres de fe. 

—¡Recíbanlo! —gritó la turba al unísono y un rayo cayó en las cercanías. 

El anciano avanzó y la hoja de la daga que sostenía en su mano derecha refulgió con la electricidad que producía la tormenta. 

Entonces el anciano dio un paso al frente y quedó a pocos metros del niño, quien intentaba en vano zafarse del fuerte nudo que le aprisionaba las manos a la parte baja de su espalda. El niño gritaba pero nadie lo escuchaba. Todos estaban atentos a los pasos del anciano, quien se frenó al alcance de un golpe de puñal. 

—¡Merlín! —gritó por fin—. ¡Merlín! —volvió a decir, tras una breve pausa—. Muere ahora, muere bien y trae paz a nuestra gente. 

La daga se elevó y en ese mismo instante un rayo cayó sobre el medallón de plata que portaba el niño. 

El anciano dio un paso atrás y se cubrió los ojos. Del medallón salían rayos disparados en todas las direcciones hasta que uno de ellos le asestó en el pecho. 

Cuando cayó ya estaba muerto. Luego, uno a uno, todos los presentes recibieron un rayo. Veinte personas murieron en el acto. Hombres, mujeres y ancianos. 

Los niños que le habían querido quitar la pelota también se hallaban ahí́, pero ningún rayo les alcanzó. En cambio, vieron a sus padres desplomarse y salieron gritando despavoridos. Nunca más se les volvió a ver. 

Ese fue el último día que alguien quiso lastimar al niño nacido en la isla de Man cuyo nombre era Merlín.  

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