Nace un mago (i)

Corría el año 700 y tantos. Un niño jugaba con una pelota de trapo y paja en una aldea britona de la Isla de Man. Se encontraba en la calle de tierra principal, a la vista de todo el mundo. A nadie le parecía bien que estuviera allí y hubo mucho cuchicheo al respecto, pero le dejaron estar, de momento.

Llegada la tarde, dos niños más grandes se aparecieron delante de él.

—Dame la pelota —dijo uno.

—Nos pertenece —dijo el otro. 

—¡No! —dijo el más pequeño—. Mi padre la ha hecho para mí y no tengo por qué compartirla con ustedes. 

—Danos la pelota o algo malo te pasará —dijo el más grande.

—Jamás —dijo el niño más pequeño, tras lo cual un duro forcejeo entre ambos inició.

Parecía que el niño más grande ganaría, Sin embargo, el más pequeño se agachó y giró su cadera al tiempo que le hacía una zancadilla a su adversario.

Esto hizo que el más grande cayera hacia atrás y, al impactar contra una piedra, se abriera un corte en el cráneo.

Debido al impacto, le costó mucho levantarse. Mas cuando por fin lo logró, se mareó y cayó al suelo de nuevo.

Entonces una mujer se apareció entre ellos. Era la madre del que se había caído.

—Ronan, hijo. ¿Qué te sucede? —dijo, tras lo cual giró la cabeza y miró al niño pequeño—. ¿Es que no sabes respetar a tus mayores? Podrías haberle hecho mucho daño.

—Él empezó —contestó el pequeño.

—Calla —dijo la mujer—. Siempre fuiste un problema para esta aldea. Tu padre debió deshacerse de ti cuando tu madre expiró trayéndote al mundo en un día de tormenta. Mal presagio, eso es lo que eres. Cuervo de malas nuevas —esto último lo dijo escupiendo hacia el suelo—. Vete ya y no regreses.

El niño comenzó a llorar. Corrió hacia su casa y fue a encontrarse con su padre.

Cuando éste lo vio, lo tomó en sus brazos y lo consoló.

—Ya, hijo, ya. Dime, ¿qué ha pasado?

—Es que wawawaaa… un niño… wawa…

—Ya hijo. ¿Otra vez te estuvieron molestando? No les hagas caso. No saben lo que dicen.

—Waaa… pero sí… lo sabeeen. Nadie me quiere wawa… aquí. Dicen que… que soy un maaal… mal agüer… wawa.

—No eres un mal agüero. Eres mi hijo e iría hasta el fin del mundo por ti. ¿Me escuchas? No hay nada que puedas hacer que me haga quererte menos. 

—Pero… los otros niños… wawa…

—Escucha, te diré lo que haremos. Iré a hablar con los mayores y terminaremos con esto de una vez por todas.

—Papá, no… ¡No lo hagas! Por favor… solo será peor. Vayámonos de la isla. ¿Por qué tenemos que quedarnos? Por favor, papá. Vayámonos.

—Hijo, no podemos irnos y ya. Esta es la tierra de nuestros ancestros, la tierra de tu madre. No podemos abandonarla sin más después de todo lo que nos ha dado. Tenemos todo lo que necesitamos. Ya verás, yo lo arreglaré, no te preocupes —dijo su padre, al tiempo que besaba su frente—. Confía en mí.

—Papá…

—Vamos, hijo. Ven conmigo.

Unos instantes más tarde, se encontraban saliendo de la casa.

Una vez fuera, vieron cómo los habitantes de la aldea comenzaban a congregarse en derredor. Algunos cuchicheaban, otros los observan con el rostro grave y aún otros —especialmente los niños— parecían tener miedo.

—¿Cuál es el significado de esto? —dijo Armin, el padre—. ¿Por qué se congregan frente a mi casa sin previo aviso? Nadie me dijo que hoy fuera día de reunión del Consejo.

—Él es la causa —dijo una mujer, señalando al niño, tras lo cual tomó aire para decir—: ¡Qué se vaya, digo yo! ¡No lo queremos aquí!

Sus gritos fueron replicados varias veces. “Monstruo”, “mal agüero” y “demonio” también fueron coreados por la turba. Pero Armin no se echaría para atrás.

—Si quieren que mi hijo se vaya, primero deberán matarme. Y os advierto: ningún hombre me ha vencido en batalla. Vamos, ¿quién será el primero?

Un hombre dio un paso adelante. Entonces Armin apartó a su hijo hacia atrás con su brazo.

—Quédate atrás, hijo —dijo por lo bajo—. Yo me encargo.

El hombre se abalanzó hacia delante y lanzó un puñetazo, buscando su rostro. Era gordo y no tenía mucha agilidad, por lo que Armin pudo eludirlo con facilidad, corriéndose hacia la izquierda.

Acto seguido, le dio dos puñetazos en el rostro y un gancho con todo el peso de su cadera en la boca del estómago. El hombre gordo se desplomó hacia delante y quedó con el rostro besando el suelo.

—¡Vamos! —gritó Armin—, ¿quién más quiere un poco?

Nadie movió un dedo.

—Ahora iremos con mi hijo a pescar y no quiero que nadie nos moleste. Reflexionen sobre lo que ha pasado hoy aquí —dijo Armin con tono grave—. Cuando regresemos quiero escuchar sus disculpas. Tienen hasta entonces para aclarar sus pensamientos.

El sol se movía hacia el oeste, pero aún faltaban un par de horas para el atardecer. No había nube alguna en la lejanía y el mar se encontraba calmo. Buen augurio para la pesca.

—¿Estás seguro de esto papá? Vayámonos de aquí. Nunca paparán de decir que soy un mal agüero. La gente de aquí no me quiere.

—Sí, estoy seguro. Y créeme, lo harán. Ahora ayuda a tu padre a hacer los preparativos. Ven conmigo.

Cuando estaban a poca distancia del bote, un anciano de barba blanca y tupida se les acercó. Era Salik, miembro del Consejo de la aldea.

—Amir, ¿me permites una palabra? —dijo el viejo, y su mirada se desvió por un instante hacia el niño antes de volverse hacia el padre.

—Por supuesto —respondió él.

Se alejaron un poco del bote y el anciano continuó:

—¿Recuerdas lo que sucedió hace dos meses? —preguntó con tono grave. 

—Lo recuerdo. —dijo Amir, inexpresivo—. ¿Qué hay con ello?

—Ya, y ¿qué me dices de lo que ocurrió el año anterior? ¿Crees que nada de eso guarda relación con él? En ambas situaciones estuvo involucrado y, sin excepción, algo malo siempre ocurrió.

—Simples coincidencias. Nada más —replicó el padre.

—Me gustaría que te lo pensaras. Quizás lo mejor para ambos sea que abandonen esta aldea.

—Nos quedaremos —dijo Armin y su rostro adoptó un semblante firme pero conciliador—. Y por lo que más quieras, te pido que hables con los demás. Todos aquí te escuchan y, si les haces entrar en razón, entonces quizás podamos dejar el pasado atrás.

—Ya veremos —finalizó el viejo, tras lo cual se dio la vuelta—. Buena pesca —agregó sin mirarle, alejándose por donde había venido.

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