Relato nochevieja clubdellibro Natalia Carnales

Nochevieja

Aquel 31 de diciembre, la hermana de Valeria murió. Su enfermedad se manifestó siendo muy pequeña, obligándola a permanecer en casa y con los años fue quedándose postrada en una cama. La menor de las mellizas fue llamada Layla por su gran hermosura y sus redondos ojos celestes, pero el padecimiento fue despojándola de la belleza que le acompañaba, convirtiéndola en un ser deforme y con los huesos desestructurados. La columna vertebral fue desviándose grotescamente, las extremidades se arquearon y los dientes se le fueron cayendo. Las continuas fracturas que padecía eran las causantes de que no pudiese disfrutar de casi ningún tipo de movimiento y los gritos agonizantes que ello le producía, podían escucharse en toda la casa.

Layla, a pesar de toda su desgracia, ocultaba una maldad permanente en su alma desde que nació. En realidad, detrás de tanta belleza se escondía un espíritu oscuro y maligno que disfrutaba haciendo daño a los demás. Valeria le temía desde que tuvo conciencia. Aun siendo de su sangre y estando tan unida a ella, intentaba pasar las horas del día sin acercarse. Al caer la oscuridad, la madre solía obligarla a visitarla en su apartada habitación y eso le provocaba pesadillas todas las noches. Todavía continúa escuchando sus gritos por el pasillo:

—¡Ven a jugar conmigo, Valeria! ¡Ahora! —La piel se le erizaba y recordaba los pensamientos macabros de su hermana—. ¡Ven a jugar conmigo para siempre!

A medida que se acercaba a aquel ser, su conexión se volvía más fuerte y podía escuchar todas las ideas retorcidas y morbosas de su cabeza; pensamientos que eran imposible de realizar en su estado crítico, pero que disfrutaba imaginándolos con esmero. Aprovechándose de ese vínculo, cuando la madre las dejaba un momento a solas, Layla solía amenazar a su hermana y sin necesidad de palabras le gritaba en su interior:

—¡Está decidido, Valeria! ¡Tienes que morir! —Mirándola a los ojos volvía a gritarle mentalmente—. ¡Cómo también morirá papá y mamá!

                La Nochevieja solía ser tranquila en aquella casa, debido a la enfermedad de Layla se dejaron de cursar invitaciones y el personal se redujo al mínimo, quedando solo la cocinera para servirles la cena. Ese año Valeria estrenaba un vestido azul obsequio de sus padres que le provocaba un leve deje de rebeldía. El sentirse hermosa le daba aliento para ignorar a su hermana y que no pudiera arruinarle la cena. Cuando llegó la hora de hacer la visita se presentó presumida, y muy segura de sí misma, se sentó frente a la cama de Layla.

—Hoy estás más idiota que de costumbre —La enferma habló entre dientes sin apenas mover los labios, la parálisis era cada vez peor—. Que te piensas ¿que por tener un vestido nuevo cambiarán las fiestas de mierda de esta casa? Ya no invitan a nadie… Desde que estoy así se avergüenzan de que las personas me vean.

—No digas tonterías, Layla. Nadie se avergüenza de ti. —Valeria se acomodaba en la silla nerviosa. Estaba cansada de las conversaciones maquiavélicas de su hermana.

—El tiempo se está acabando, y pronto cumpliré cada promesa que te he hecho. —Retorciendo la cabeza de modo extraño, como si colgara, continuó—: ¿Recuerdas, Valeria, qué te prometí que le haría a papá y mamá?

—¡Basta ya! Tienes que detener esto, no puedes hacer nada de lo que dices. —Exasperada se enfrentó a su hermana—. Estoy cansada de todas tus amenazas. ¿Solo puedes pensar cosas macabras? Mírate ¡No puedes caminar!

—Pronto volveré a caminar y te juro que vivirán la peor de sus pesadillas y yo seré libre.

—¡Ya no puedo soportarlo más! Tú no vas a hacer daño a nadie. Mira tu retorcida columna y tus brazos deformes, no serás jamás capaz de volver a caminar. —Valeria se levantó y rodeó la cama para sostener el vaso de leche de su hermana—. Ahora puedo beberme tu leche y no podrás hacer nada. —Paseó el vaso por los ojos de Layla y luego se lo tomó—. Ahora dime, ¿cómo piensas matar a papá y mamá si no puedes defender ni tu vaso?

—Así, de la misma manera en que te mataré a ti ahora mismo. —Arrastrándose se bajó de la cama como un ser del inframundo, deforme y grotesco hasta acercarse—. La leche estaba envenenada. Mamá me la sirve cada día con la esperanza de que me la tome y así terminar con mi sufrimiento.

Valeria comenzó a sentirse mareada y apoyó sus manos en la pared, pero, aun así, le fue imposible mantenerse de pie. Cayendo de rodillas en el suelo vomitó una espuma blanca y su cuerpo se agitó con movimientos espasmódicos segundos antes de morir. Sus últimas imágenes fueron las de su hermana arrastrándose por el suelo junto a la enfermera que esperaba observando paciente. Enseguida le invadió la oscuridad.

***

El día del funeral de Layla, su hermana se encontraba esplendida. Su piel aterciopelada se ruborizaba lo justo para dejar ver unas mejillas alegres. Con un sombrero de satén y unas gafas que su madre le había comprado para la ocasión se cubría del sol.

Ahora todo eso había terminado, la mayor de las jóvenes descansaría en paz. Aquel día, en vez de estar comiendo el delicioso pastel de cabracho que preparaba todos los años la cocinera, estaban en el velatorio mirando el cuerpo ya sin vida de Layla. Sus últimos recuerdos retumbarán en su mente. Como una película que se proyectaba en su cerebro, veía sus manos aferrándose a las mantas para poder arrastrarse junto al cuerpo de su hermana. Recordaba el dolor, las contracciones que le provocaban sus huesos al romperse, la oscuridad y la desesperación. Ahora, mientras observaba las que alguna vez fueron sus muñecas lastimadas en aquel cuerpo del ataúd, veía el rostro desesperado de su hermana pidiendo auxilio en el reflejo de los cristales. Un alma ya sin cuerpo que prefería recordar cómo que descansaba en paz. Aquel 1 de enero sería diferente para todos. Para su familia, sus empleados y para Valeria, que vagaba en la tumba familiar, mientras Layla paseaba con su cuerpo y planeaba cómo matar a todos los demás.

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Registro: Nº 2009255439915

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