vuelta a casa

VUELTA A CASA.

Estábamos desplazados en La Pointe du Hoc, creíamos que allí no llegaría la guerra ¡qué ilusos!, ir allí fue casi peor que quedarse en Paris; fue una zona estratégica para los alemanes, desde allí controlaban el mar y los desembarcos de los aliados; desgraciadamente hasta que no llegamos allí no lo supimos.
Mi tio Jean Lucq, hermano de mi padre, vivía allí. En sus cartas siempre nos hablaba de la buena decisión que había tomado al dejar el ruidoso París para mudarse a La Pointe.
Mis padres, los dos, eran parisinos y pensar en dejar su amada ciudad les daba escalofríos. Solamente dejaron Paris en su luna de miel, viajaron a España, visitaron el norte del país y quedaron maravillados aunque, por muy verde y tranquilas algunas zonas que fueran las aldeas gallegas, no las cambiarían por el bullicio y ajetreo de París.
No salieron más de allí, el fatídico 3 de junio de 1940 estaban en la calle, no pudieron escapar a los bombardeos alemanes, ninguno de los dos. Nos dejaron en el piso que teníamos frente a La Ópera y se fueron a por provisiones, nunca más los vimos con vida.
Esperamos tres días encerrados en casa, sin hacer ni un solo ruido, temiendo lo peor y sollozando en silencio. Nos quedamos solos mi hermana Sophie, de catorce años y yo, el mayor de los dos, con dieciséis. La única compañía que teníamos era una pequeña radio que encendíamos a las horas en punto para oír las últimas noticias. Así nos enteramos que los fallecidos pasaban de doscientos y había más de seiscientos heridos, los hospitales estaban colapsados y pedían donaciones de sangre.
Mis padres nos advertían siempre antes de salir que, si no volvían en dos días, cogiéramos las mochilas que había preparadas en la despensa y nos fuéramos de París, debíamos ir al pueblo con el tío Jean Lucq.
No sabía qué hacer, por una parte me iría sin dudarlo pero, por otra, tenía mis dudas ¿y si mis padres estaban en un hospital y necesitaban nuestra ayuda? Al final hice lo que creía correcto, si mis padres estaban vivos, en cuanto les fuera posible, irían a casa del tío Jean. Aprovechando que todavía funcionaban los trenes con más o menos regularidad, cogimos las mochilas sin mirar atrás, cerré la puerta, me guardé las llaves en el bolsillo y nos fuimos a casa del tío Jean Lucq que nos recibió con los brazos abiertos y una cara de circunstancias que no olvidaré nunca.
Estuvimos allí relativamente tranquilos, mi tío tenía una taberna a la que venían los alemanes, pero se portaban bien porque mi tío tenía buena bebida y mi tía cocinaba bien; yo ayudaba detrás del mostrador y Sophie, (a la que teníamos escondida por miedo a que le hicieran algo) cuando la taberna estaba cerrada, ayudaba a mi tía Marie en la cocina. La casa de mis tíos estaba justo encima así que mi hermana no tenía que salir a la calle.
Esos cuatro años transcurrieron esperando, sobre todo al principio, carta de París, que alguno, al menos, de mis padres hubiera sobrevivido y nos mandara unas letras para tranquilizarnos. Esa carta ansiada nunca llegó y Sophie y yo dejamos de esperarlas.
Pasaron cuatro largos años y, afortunadamente, acabó la guerra, vimos a los alemanes abandonarlo todo y salir prácticamente huyendo.
Estaba bien allí con mis tíos pero necesitaba volver a Paris, ir a nuestra casa, ver qué había pasado con ella, la incertidumbre de saber si estaría ocupada crecía día a día, soñaba con alemanes durmiendo en el dormitorio de mis padres (aunque sabía de sobra que ya no quedaba ni uno tampoco en París)
Así que, dos meses después, cogí el manojo de llaves que había guardado en el cajón de mi mesita de noche cuando llegué de Paris, una bolsa con un poco de ropa y comida y tomé el tren de vuelta a París.
No esperaba encontrarme mi bella ciudad tan devastada, había calles que habían quedado irreconocibles y totalmente destruidas; otras que las identificabas porque conocías alguna de las casas que había quedado en pie.
Mi barrio, afortunadamente, no era de los más perjudicados, el bloque de pisos donde vivíamos, aunque tenía agujeros de disparos y la pintura muy descascarillada, había aguantado bastante bien.
En la portería no había nadie, estaba cerrada. Subí los tres pisos por las escaleras, con el corazón desbocado, toda nuestra vida había quedado allí, nuestros libros, juguetes, recuerdos, la vajilla y la cubertería de mamá, el ajuar que le estaba preparando a Sophie.
La puerta estaba cerrada, eso me serenó un poco, la llave abrió a la primera, pero se notaba que había sido ocupada durante un tiempo, las cosas no estaban como las habíamos dejado, todos los recuerdos los habían arrinconado en la despensa: fotografías familiares, el reloj del salón, figuras de cerámica. Me acerqué al dormitorio de mis padres, los muebles estaban arrinconados y en el suelo había varios colchones, en el resto de cuartos pasaba lo mismo. La cocina estaba bien, los muebles en su sitio aunque se notaba que se había usado.
Oí que llamaban a la puerta, me acerqué y encontré a mi vecino, el señor Ferrec, estaba más viejo y delgado pero no estaba mal. Me miró y me sonrió, después bajó la cabeza, con vergüenza y con una llave en la mano.
Hijo, tu piso no fue invadido, guardé todas las cosas de valor en la despensa, lo utilicé para esconder a parisinos que se quedaron sin casa y no podían huir, espero que me perdones —dijo un poco sulfurado—.
No tengo nada que perdonar —le dije con orgullo — usted ha cuidado nuestra casa mientras estábamos fuera y encima ha ayudado a paisanos en apuros.
Y, sin más, nos fundimos en un abrazo lleno de esperanza y recuerdos.

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